Ana Karenina, dama casada con un alto funcionario ruso, se enamora del apuesto militar Alexis Vronski. Embarazada de su amante, se va con él. Pero no pueden casarse porque el burlado marido le niega el divorcio y tampoco le permite ver al hijo que tienen en común. La alta sociedad rusa, con la que poco antes se había codeado, desprecia a Ana. Ésta, desesperada cuando empieza a sospechar que Vronski, por el que ha renunciado a tanto, puede dejar de amarla, se desespera y acaba suicidándose.
El párrafo anterior podría ser uno de tantos resúmenes que uno encuentra por ahí. Unos brochazos para dejar la novela en un adulterio. Pero no se dejen confundir. Ana Karenina es mucho más. Estamos ante una obra vasta y profunda, escrita por el maduro genio de Liev Tolstói acaso en el mejor momento de su carrera.
Por Ana Karenina desfilan muchos personajes complejos, humanos, con caracteres muy definidos. Las criaturas de Tolstói piensan y parecen tener vida, siguiendo sus propios caminos. La exploración de la mente de sus personajes es un objetivo, y de los más logrados, del escritor ruso. Aristócratas, segadores, militares, criadas, artistas, cocheros... La vida en las ciudades de Moscú y San Petersburgo; también en el campo tras la abolición de la servidumbre. El meollo de la novela es el contraste entre dos modos de vida que Tolstói contrapone: la ciudad y el campo. El autor escoge la segunda como modelo para hallar o, mejor dicho, labrar la felicidad.
Ana Karenina, dama burguesa, vive y se pierde en el medio urbano, entre la alta sociedad que la acaba despreciando. Constantino Levin, miembro de la baja nobleza provinciana, conquista la felicidad por medio del trabajo campestre. La novela desarrolla con estos protagonistas sendas historias de amor paralelas y con finales bien distintos. Reconocemos en Levin al propio autor, con el que se identifica y, a través de él, transmite al lector sus propios pensamientos sobre el sentido de la vida. Ama tanto la vida campesina que, cuando sus jornaleros siegan el prado, coge una guadaña para acompañarles en el trabajo, y nos regala bellas descripciones en las que se recrea con detalles de luz, agua, colores y aromas.
Tolstói está convencido de que la sencillez del trabajo manual dignifica al ser humano. Los campesinos de esta novela son dichosos en su pobreza, mientras que el burgués moscovita o el aristócrata de San Petersburgo, entre el brillo de los salones y el peso de las joyas, pueden ser tan desgraciados que acaben tirándose bajo las ruedas de un tren.
Ana Karenina es un monumento literario que he leído por primera vez. Quiero decir que, al acabarla, he comprendido que necesitaré releerla para repetir el disfrute de una afortunada experiencia. Es de agradecer que el editor de la colección Austral se haya tomado esta obra con la seriedad que merece, que la haya dotado con un prólogo del erudito César Vidal, buen conocedor de la cultura rusa, y que haya escogido el formato Kindle para una edición impecable. La recomiendo vivamente y le doy la máxima nota.