Los niños suelen ser un excelente instrumento para acercarnos a un comportamiento que por ingenuo nos sorprenda, por tierno nos seduzca, por vulnerable nos conmueva. Hay quien también pretende inquietarnos a través de sus imprevisibles reacciones, asociándolas a desconocidos códigos de una infancia que todos hemos vivido, pero que recordamos con extraña lejanía.
William Golding explota esta última perturbadora posibilidad. Coloca a un par de docenas de críos en una isla desierta. Entre el jolgorio de tanto párvulo destaca cuatro marcadas personalidades que representan, tanto en la práctica como de forma metafórica, las tendencias del resto de chiquillos. Y los días se suceden, densos, pesados, intensos, mientras el grupo descubre tras su indefensión inicial, la ebriedad del libre albedrío.
La primera reacción de los desvalidos niños es reclamar adultos, establecer jerarquías, reproducir aquellos conceptos que difícilmente pueden describir y con facilidad olvidan. La reconocible crueldad infantil no tarda en surgir, esta vez sin correctivo que la censure, como extensión de esos novillos que huelen a emancipación, no tanto por el disfrute de la mañana perdida en el parque o entre máquinas recreativas, sino por el enfrentamiento transgresor a los mayores. El grupo de pequeños descubre la excitación de organizarse, de exhibir su fuerza, de mostrarse osados, fundiendo convivencia y supervivencia en una especie de recreo infinito que carece de control.
En un no desacertado aunque poco recreado apunte al contraste del irreflexivo comportamiento colectivo frente al más sensato del individuo, Golding describe los enfrentamientos de los protagonistas, sus inquietudes y miedos, en el marco de la espesa vegetación que les acoge y a la que el autor presta una especial atención, como si tuviera vida propia, como un oculto protagonista que realmente da sentido a la desbocada transformación de los chavales.
No es extraño que 'El Señor de las Moscas' haya inspirado, inspire y vaya a inspirar muchas lecturas, muchas reflexiones, pues el naufragio, un colectivo de temperamentos por moldear, la propia isla... son todos ellos elementos exageradamente simples pero evocadores de muchas preguntas complejas. La obra deviene, en definitiva, en material para recrearse en las causas que forjan nuestro carácter, que establecen las jerarquías sociales, que nos impulsan a renegar o aceptar la violencia, denunciar o transigir las desigualdades.
'Mata al jabalí' dice el grupo de cazadores como cántico de cohesión en su búsqueda de alimento carnívoro, mientras parecen también exclamar, ‘ Mata al niño. Deja paso al adulto’.
~Javier, escrito originalmente en dooyoo, Barcelona, 18 de septiembre de 2001