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Signatura 400 Tapa dura – 30 may 2011


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Críticas

Recomendación de Librosyliteratura.es, escrita por Sergio Sancor
Signatura 400, de Sophie Divry

Biblioteca: Institución cuya finalidad consiste en la adquisición, conservación, estudio y exposición de libros y documentos. Sería demasiado sencillo, incluso diría que aséptico, hablar de las bibliotecas en estos términos. Dentro de ellas se guarda el conocimiento de la Historia, materias y más materias de saberes que permanecen al alcance de todo el mundo, libros y más libros para poder comprobar que las historias se mantienen firmes en el tiempo, imperecederas, llenas de sabiduría y de... un momento, un momento, qué narices me digo. Todo esto es cierto, pero se me olvida algo que sucede dentro de las bibliotecas, un concepto que pierde su significado con el tiempo y que tiende a caer en el más absoluto de los desprecios. Ese concepto son: los bibliotecarios. Personas con vida propia que se pasean por los pasillos, que catalogan, que archivan, pero que para las personas de a pie pasan desapercibidos. Señores, los bibliotecarios son necesarios, ayudémosles a subsistir. Bien, después de esta diatriba, pienso en lo siguiente: si los bibliotecarios dominaran el mundo, otro gallo nos cantaría. Qué bien sienta decirlo, sabiendo que vosotros me vais a entender. Un momento, ¿qué es ese palo en llamas? Estamos en una biblioteca, en la que sucede “Signatura 400”, ¿qué hacéis con fuego en un santuario de letras y papel? ¡Insensatos!

Más allá de vuestras miradas de odio, os presento a la encargada de la sección de geografía. Una persona invisible, una persona que no tiene nombre, pero que un buen día se encuentra a un visitante de la biblioteca que se ha quedado encerrado durante la noche. Es entonces cuando encuentra su oportunidad y habla, habla por todo lo que no le han dejado hablar, de su pasión por los libros y su odio al sistema bibliotecario.

Me hablaron de “Signatura 400” hace unos meses, cuando mi amor por los libros empezaba a decaer y alguna que otra mala experiencia me había hecho creer que no encontraría historias que me gustaran. La persona que me lo recomendó sabía de mi gusto por la editorial, Blackie Books, que no sólo edita libros con un mimo especial, sino que las historias son imprescindibles para todo aquel que se precie. Y a mí, cuando en un libro se habla de eso mismo, de libros, me meto de lleno porque no tengo otra opción. Y cuál ha sido mi sorpresa que, después de una hora y media leyendo, me encuentro a mí mismo terminando el libro e intentando no hacerme pis encima de la emoción. No soy muy dado a que este tipo de cosas sucedan, pero Sophie Divry es lo que la miga al pan: algo que no se puede desunir de lo que entendemos por literatura con mayúsculas. Una oda a las bibliotecas, a cómo el sistema y los tiempos han cambiado la figura de las mismas y de los trabajadores que gobiernan en su interior. Aquellos que, como yo, trabajaron en algún momento en una de ellas, sabrá perfectamente que lo que aquí se nos cuenta es real, como la vida misma: clientes que no leen, sólo pasean; clientes que son la obsesión de los bibliotecarios (en mi caso, esa persona fue J., al que observaba desde la distancia, intentando traducir lo que hacía, cómo lo hacía y lo que estudiaba, observando sus peticiones y haciéndome una idea perfecta de cuáles eran sus inquietudes); la compañía silenciosa de los libros, la llegada de las novedades, y cómo no, la absurdez de aquellos que dirigían el cotarro. Advenedizos, pardiez.

“Signatura 400” es uno de esos libros que, encontrado por casualidad o por recomendación, merece un puesto destacado en la estantería, en cualquier lugar visible no sólo por su lomo, y que debería revisarse, al menos, una vez cada año, para encontrar cómo las cosas han cambiado con las bibliotecas, que poco tacto se ha tenido a la hora de avanzar en mejorarlas, y cómo es la vida de alguien que trabaja, que ama, que viaja con los libros y que, en muchas ocasiones, se siente más a gusto que con las personas. Sophie Divry me ha ganado, me ha emocionado, me ha disparado al corazón y ha conseguido destrozarme (todo en un buen sentido, no os vayáis a pensar). Pero de lo que estoy seguro es que, vosotros que sois seres inteligentes, veréis como yo la vida que ofrece este libro como un regalo, como un obsequio que pocas veces se hacen y que aparecen de pascuas a ramos, como los clientes interesantes, como las secciones sin desordenar, y como notar que alguien, como nosotros, aspira el aroma de un libro nuevo y tiembla, de nuevo, de la emoción de sentirse acompañado por él. Sólo por eso, merece la pena.

Contraportada

Ni siquiera tiene nombre. Y es que nadie habla con ella, como no sea para pedir libros en préstamo. Su consuelo: las buenas lecturas (siempre de autores muertos) y estar rodeada de seres incluso más tristes que ella. Se pasa los días ordenando, clasificando, poniendo signaturas. No pensaba ser bibliotecaria, pero abandonó las oposiciones por un hombre. Ahora el amor le parece una pérdida de tiempo, un trastorno infantil. Claro que el deseo es muy traicionero, y ella guarda unos pendientes en el cajón. Preferiría la sección de historia a la de geografía, allí en el sótano de una biblioteca de provincias, donde lleva la mitad de la vida, donde ya empieza a ser vieja, pero el anonimato al menos le concede pequeñas venganzas. De las que quizás solo ella se percata. Porque, además, en el orden de la biblioteca se cifran las jerarquías de la vida: la de los ricos y los pobres, los privilegiados y los subalternos, los que tienen un amor y los que no. Pero cuando no hay nadie, cuando la biblioteca está cerrada, incluso puede – y sabe- darle voz a su neurosis, a sus angustias, al vértigo del saber libresco. Y entonces descubrimos que los neuróticos pueden ser buenos narradores, cosa no tan evidente. Cosa que tal vez logran, sobre todo, los buenos fingidores, los escritores que dan vida a los buenos personajes. Sólo le queda, pues, la literatura. Para elevarse, dice ella. Los libros, los buenos libros. Y quizá, también, los buenos lectores, que van a la biblioteca en busca de algo más que calefacción o aire acondicionado, y que dan vida a las grandes historias, como el breve monólogo de esta mujer insignificante, que relata su desencanto con acritud y humor. ¿O es un diálogo? ¿O acaso la pregunta tiene sentido? Un texto precioso que, desde luego, reclama todas las lecturas del mundo. La primera novela publicada de Sophie Divry, que tiene treinta años, vive en Lyon y ojalá escriba y publique mucho más.

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