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De lo mecánico a lo termodinámico: Por una definición energética de la arquitectura y del territorio (Compendios de Arquitectura Contemporánea) Tapa blanda – 15 feb 2010

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Reseña del editor


Este libro recopila catorce ensayos que abordan las diferentes posturas que en los últimos años han surgido en torno a la energía y el proyecto con el fin de poder avanzar en una definición termodinámica de la arquitectura, el paisaje y el urbanismo. Los ensayos recorren una multiplicidad de ámbitos que abarcan desde la región y el paisaje, pasando por la ciudad, la infraestructura y la arquitectura, hasta llegar al ambiente.

El compendio se estructura en cinco epígrafes: energía, entropía, ciclos, pactos y, finalmente, energía y proyecto. Los cuatro primeros ofrecen un corte transversal a la cultura arquitectónica desde conceptos propios de la termodinámica, la ecología y la política, y el último muestra herramientas para implementar los conceptos discutidos en los otros apartados.

Extracto. © Reimpreso con autorización. Reservados todos los derechos.



Extracto de la introducción:

‘Introducción

por Javier García-Germán

1

El debate en torno a la energía acapara protagonismo. Finalizada la era de los combustibles abundantes y baratos que han propulsado dos siglos de modernización, avanzamos irreversiblemente hacia un período con menos energía disponible. La escasez, junto con la reciente unanimidad científico-política en torno al cambio climático, deja pocas dudas acerca de la existencia de un cambio de modelo energético que, al igual que ha ocurrido en otros momentos históricos, plantea importantes interrogantes acerca del futuro de las estructuras políticas, económicas y sociales establecidas.Este escepticismo también afecta a los modelos vigentes de construcción y de ocupación del territorio. Expresión de una cultura energética de la abundancia, quedan en entredicho sus procesos y métodos. Resulta por tanto necesario conocer cuál es el conjunto de principios, leyes, sistemas, mecanismos y procesos que van a regular esta nueva situación energética para poder establecer un nuevo marco desde el que poder definir los intereses relevantes para el proyecto de arquitectura.

La crisis energética de 1973 constituye un referente cercano que ayuda a entender esta situación. La reducción de la energía disponible que impuso el embargo de petróleo puso de manifiesto por primera vez la posibilidad de un cambio de modelo energético. Aquel año marca el comienzo de una nueva cultura de la escasez energética que enlazaba con la ya establecida preocupación por la finitud de los recursos materiales. Esta situación espoleó la necesidad de conocer cuáles eran los parámetros que modularían este nuevo contexto, desplazándose el interés hacia aquellas disciplinas que podían ayudar a construir un nuevo conjunto de referencias. Se abrió una etapa de búsqueda y de experimentación que duró hasta que los precios de petróleo se estabilizaron.

Surgió la necesidad de entender qué es y cómo funciona la energía, lo que dirigió el interés hacia la disciplina de la termodinámica. Aunque ya se habían definido el primer y segundo principio de la termodinámica hacía más de un siglo, hasta 1973 no se consideraron relevantes para la definición de las estructuras políticas, económicas y sociales. Los aconteimientos de 1973 invierten esta situación, y el trabajo de Nicholas Geor-gescu-Roegen e Ilya Prigogine en torno a la entropía pasa a considerarse imprescindible. A partir de sus aportaciones surgen numerosas publicaciones que tratan de dar una explicación termodinámica de la realidad.

Este giro hacia la termodinámica no era algo nuevo para la ciencia de la ecología. Cuando en 1935 Arthur G. Tansley definió el concepto de ecosistema, explicó el funcionamiento de los procesos naturales en términos energéticos, articulando la sucesión de transformaciones físicas, químicas y biológicas que se establecían entre los seres vivos y entre éstos y el medio. Desde entonces, la nueva ecología ha construido su base científica tomando la energía como la unidad de medida. Los principios de la conservación y de la entropía han modulado las relaciones entre los seres vivos y el entorno donde viven. Es importante señalar las aportaciones de los hermanos Odum, quienes extendieron los conocimientos de los sistemas ecológicos al estudio de los vínculos entre los sistemas naturales y los sistemas artificiales.

La escasez energética de 1973 ‘explicitó’ la estrecha dependencia entre la economía y el medio ambiente, poniendo de manifiesto que el sistema económico global no es más que un subsistema de los sistemas naturales y, en consecuencia, que está supeditado a sus procesos. Esto condujo a entender que la crisis energética estaba también vinculada a la crisis ecológica. En realidad, el problema de la energía era un problema que derivaba del modelo moderno de instalación del hombre sobre el planeta y del (mal) uso que hacía de las fuentes de energía. Ante esta situación, la ciencia de la ecología podía desempeñar un papel fundamental. Su carácter transversal y global, unido a su base energética, colocaban a la ecología en una posición clave para resolver de modo simultáneo los problemas energéticos y ecológicos. Conceptos provenientes de la ecología, como, por ejemplo, los ciclos biogeológicos, ofrecieron herramientas de gran utilidad para poder reconfigurar las relaciones entre los sistemas naturales y los sistemas artificiales.

Durante estos años también se refuerza la idea de que los vínculos entre los sistemas naturales y los sistemas artificiales deberían plantearse en términos de reciprocidad. Este asunto, que ya había comenzado a ser un sentimiento generalizado tras la publicación en 1963 del libro de Rachel Carson Primavera silenciosa, se institucionalizó en 1972, cuando se celebró la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano en Estocolmo. Se trata de un momento en el que la entonces incipiente ecología política buscaba argumentos científicos para apoyar sus ideas, acercando el debate en torno a la energía a la esfera de la política. Todo ello culmina con la redacción del Informe Brundtland, que introduce el concepto de “desarrollo sostenible” sobre una argumentación de base ecológica y energética que diluía la distancia entre las disciplinas científicas y políticas.

El año 1973 marca también el arranque de una cultura arquitectónica iniciada para afrontar un entorno energéticamente menos intenso. A lo largo de la década de 1970 surgen numerosos grupos experimentales que tratan de resolver la autosuficiencia energética de la vivienda. Colectivos como el Solar Movement, el New Alchemy Institute y otros discípulos de Richard Buckminster Fuller presentan propuestas que van desde el empleo de recursos pasivos procedentes de la arquitectura vernácula a tecnologías punta de captación solar y eólica. Sin embargo, lo más importante de estos años es el inicio de un período de reflexión crítica acerca del entendimiento tectónico de la arquitectura y la apertura de un debate en torno a la energía y a las relaciones entre el hombre y el medio. De forma parecida a como había ocurrido en otras áreas de conocimiento, se produce un efecto de apertura disciplinar que incorpora aportaciones de otros campos, extendiendo el radio de acción del arquitecto. De manera lenta aunque paulatina, comienza la definición un programa arquitectónico interesado en la energía desde la perspectiva ofrecida por los intercambios termodinámicos, los sistemas dinámicos y el análisis transversal y holístico que aporta la ecología. Sin olvidar aquellas primeras experimentaciones afanadas en la autosuficiencia, han transcurrido cuatro décadas de trabajo en las que se ha avanzado en la definición de nuevos programas y procedimientos desde los que abordar la construcción de una práctica espacio-temporal capaz de superponer todos estos asuntos de manera coherente. (…)’

Copyright del texto: sus autores
Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL

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21 de agosto de 2015
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